Carta Parroquial

Don Federico Cortés Jiménez
Párroco de Sta. María - San Juan (Vélez-Málaga)



Ante la muerte de una persona querida

La muerte de las personas que tenemos cerca se nos lleva un pedazo de nosotros mismos. La muerte nos rompe.
Da igual que sea la muerte de alguien ya mayor que ha podido vivir una larga vida, o la muerte ya tristemente esperada de un enfermo, o la súbita muerte que agrede de repente, sin avisar. Siempre, cuando muere alguien cercano, alguien a quien amamos, perdemos un pedazo de nuestra vida misma.

Y nos preguntamos: ¿Qué vamos a hacer, cómo podemos vivir esta realidad tan dolorosa?

Sin embargo, para nosotros está siempre la esperanza de la vida eterna. Nosotros creemos que el último horizonte de la vida humano no es la muerte, no es la nada. Sino que es encontrarse con Dios, con la vida plena de Dios, con su Amor sin fronteras.

Ante la muerte, lo mejor que podemos hacer es mirar hacia Jesús. Él fue fiel al amor de Dios hasta morir en una cruz. Y nosotros, al contemplarlo allí clavado, nos sentimos llamados a afirmar, con toda la fe, que aquella vida tan valiosa no quedó definitivamente destruida. Nosotros afirmamos que Jesús vive por siempre, en la vida plena y eterna de Dios. Y como él, también nosotros esperamos vivir esta vida.

Ciertamente no sabemos cómo será, esta vida que esperamos. Pero sí sabemos que, si caminamos por este mundo unidos a Jesús, y con ganas de amar como él amó, estamos llamados a compartir esta vida suya. Esta es nuestra fe: que, más allá de este mundo, cada uno de nosotros, nuestra misma persona, continuaremos viviendo, pero en otra vida diferente, en la que no habrá ni dolor ni mal ni muerte. Viviremos la vida de Jesús, la vida de Dios.

Por nuestro bautismo, con el agua, la luz y la vida nueva un día empezamos a formar parte de la comunidad de seguidores de Jesús. Aquella agua nos hizo nacer de nuevo, nos unión a Jesús muerto y resucitado, nos dio la vida de hijos de Dios. Y esta vida no se acaba nunca.

El día de nuestro bautismo, allí, junto al agua en la que teníamos que ser bautizados, había un cirio encendido. Era el cirio pascual, el cirio que cada año encendemos en la noche de Pascua para simbolizar a Cristo resucitado. De aquel cirio se encendió el cirio que llevaban nuestros padrinos, para significar que nosotros recibíamos la luz de Jesús, la luz vencedora de la muerte. Por esto, cuando un cristiano muere, también se enciende en su despedida el cirio pascual, para recordar que aquella luz sigue encendida, más allá de este mundo, en la vida de Dios. Y el cuerpo muerto de aquel cristiano es también asperjado con el agua, para recordar el bautismo que lo hizo hijos de Dios, y que le da la vida que nunca termina.

Por eso, nosotros, debemos presentarnos ante el mundo con el coraje de vivir. El mejor homenaje que podemos hacer a la persona querida que ha muerto, es continuar nosotros viviendo la vida con coraje. Con aquella persona querida hemos compartido muchas cosas importantes, mucha vida. Continuar esta vida, continuarla con ganas aunque a veces pueda ser muy difícil, continuarla poniendo el interés en lo que realmente vale la pena, como es el amor, el espíritu abierto y generoso, las ganas de ayudar a que todo el mundo pueda vivir con dignidad y felicidad…todo esto será la mejor manera de hacer que toda la vida que hemos vivido con la persona que ha muerto, siga presente en nosotros.